
Ya se que Le Cochon no tiene subtítulos para poder apreciar mejor el acto en sí, la matanza, descuartizamiento y procesado de un chancho (o chancha, no vi testículos), pero sospecho que la falta de traducción del francés es un atentado de parte de los vegetarianos, esos asesinos de repollitos. La morocha con piercing en el labio que atiende en la Lugones no se que comerá, pero cuando le pedí una entrada para las 22, me dijo "El cerdito...", y puso cara de impresión. Y dijo que no le gustaría ver esa película, y que después no iba a comer más salchichas. Le dije que había querido llevar a una amiga vegetariana y me dijo "Que chico malo...". Faltaba que me palmeara una nalga. ¿A cada uno que sacaba entrada le daba ese discurso?
No hubo piquete vegetariano. Y la muerte del chancho es lo de menos en el documental. La mayor gracia está en la prolijidad del procesamiento por parte de unos campesinos franceses de rostro de piedra, en un registro etnográfico de sus habilidades que recuerda la presteza en el armado del iglú de Nanook. Y demuestra que, como se sabe, lo único que se desperdicia del chancho es el grito. Animal desarmable, por otra parte, y que, finalmente, vuelve a unirse cuando sus propias tripas son usadas para albergar la carne que conformará las salchichas.
Los vegetarianos hace 39 años que piensan contraatacar con Le letucce, que, de igual modo, muestra como un grupo de veganos mal alimentados arranca, limpia bajo el agua y prepara una ensalada con el verde vegetal.
Y hay otra película poco recomendada para los amantes de las verduras, que es The biggest chinese restaurant in the world, que tiene la historia en sí del lugar, enorme, con sus 1000 empleados, la de los bajos sueldos y las malas condiciones laborales, y la de las fiestas que se celebran allí. Entre la euforia de la dueña y el llanto de los trabajadores aparecen los animales, masacrados de la peor forma pero con honor, ya que estamos hablando de una cultura milenaria. Uno se impresiona con la gallina con su cortecito al cuello y, semiviva, al agua hirviendo para pelarla. Se impresiona al cuadrado con el concurso de cocineros, en el cual toman un pez vivo, lo frien de la mitad hasta la cola, y lo sirven boqueando, para que tenga más onda, con una salsa encima. Y se impresiona al cubo cuando vemos la manera en que matan a los patos en un criadero: con lo que podría ser casi un pase mágico, y a toda velocidad, le meten un palito en el pecho, luego dos dedos, le sacan el corazón y lo cortan. Esto en vivo, porque así sufre menos y la carne es más sabrosa. Llama la atención que en un comedero tan grande se tomen el tiempo de matar animales con finos métodos.
Este festival es un festival gourmet, hasta se están regurgitando películas ya pasadas para saborearlas de nuevo. El placer omnívoro avanza por sobre las Julietas Diaz y los Gastones Pauls. Es más, conozco mujeres (¡Mujeres!) que dicen aborrecer las frutas y las verduras. Hacia allá vamos. Wolf no puede deshonrar su apellido.
PD: Estoy en una onda roja, indudablemente. Hace poco me enteré que un albañil paraguayo que estaba arreglando algo en casa le dijo a la mujer que limpia que mi gato era bien gordito, que debe ser muy rico, y que su familia tenía costumbre de comerlos.
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