
Las películas de Michael Powell y Emeric Pressburger se mueven hacia todos lados. Sus personajes, de partida, no tienen un lugar fijo, deambulan permanentemente. En varios trabajos suyos aparece la guerra como la causa de la angustia de vivir desplazándose. Puede ser que, simplemente, esto ocurra geográficamente, perseguido por los nazis, pero, también, internamente, como el caso de Clive Candy, que no puede dejar de pensar en su amor imposible, y lo remeda en otras muchachas parecidas, su esposa y, luego, su secretaria, todas interpretadas por Déborah Kerr. Esta pauta no viene dada de pesados discursos, sino a fuerza de una potente imaginación visual. La pantalla, lugar de colores, sonidos, desplazamientos de cámara, efectos especiales, es un terreno donde los directores hacen aparecer y desaparecer cualquier elemento, ordinario o extraordinario, para sostener esa sensación continua de desplazamiento, riesgo e inseguridad afectiva. Lo curioso es que no llegan a ese resultado mediante un ritmo cansino y angustiante, sino con una fuerza narrativa distante a todo realismo.
Todo esto para acordarme que he dicho, y un poco me cansa, la espera del festival, de parte de algunos, para ver películas que les vuelen la cabeza. Las preferidas que buscan son las orientales, porque siempre se sospecha que hay algún chino loco con alguna escena enorme que nos sirva para festejar lo hecho mierda que está. Recomiendo ver cualquier film del dúo, pero si quieren una escena lunática y potente ahí está el comienzo de Escalera al cielo, con un enamoramiento por micrófono, de noche, en tiempos de guerra, y con un avión sacando chispas por los cuatro costados.
El cine de P&P sigue en el Malba hasta fin de mes, por suerte.
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